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La Cima III

Monté la tienda, de esas que se montan en un suspiro. El sol aún arrojaba su luz; una luz, eso sí, moribunda, oculto ya entre las montañas, tragado por su propio juego del escondite. El sol es así, juguetón pero predecible, y la luna, que gracias a Dios era casi llena, aunque ella, no es sino una obligada consorte inerte que brinda una luz prestada, porque no es suya, sino el reflejo del astro rey.
La temperatura bajó notablemente, pero no sentía frío, sino una extraña soledad agradable. Me sentí seguro, solo, al fin enfrentado a mi mismo y a una montaña que en realidad no significaba nada salvo un placebo maléfico que yo mismo había creado.
Fumé otro cigarrillo y me puse un absurdo anorak de lluvia.
¡Joder, estaba solo en mitad de la nada! Un avance notable. Un logro para mí… Sí, entiendo que es nimio pero para mí es un paso infinito. Tenía hambre, por lo que rebusqué en mi pequeña mochila. Extraje de ella un sandwich de jamón y queso y un botellín de agua.
El cielo me brindó un espectáculo especial, exento de nubes, lo que me permitió contemplar un universo estelar. Le dí gracias a Dios por el espectáculo gratuito. Me sentí cerca de Él. Y eso que no soy muy creyente.
Fumé otro cigarrillo y luego saqué de mi bolsillo un blister de Orfidal… Rehusé las pastillas. No valía con ellas. Era cosa de la montaña y yo, de mis miedos y yo.
Dormí como un tronco… (continuará)

Josua Laguneki

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