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La Cima II

Con renovada decisión encaminé mis pasos hacia las faldas de la dama de roca. Cuando llegué a la estribaciones de la montaña era tarde. El sol había cumplido casi por completo su misión diaria y comenzaba a ocultarse perezosamente en la dentada línea del horizonte. Pensé que hacer noche en el regazo de la montaña sería una buena prueba para mí, una oportunidad de unirme espiritualmente a algo que en realidad no era sino la manifestación geológica de mis paupérrimos temores.

Fumé un cigarrillo sin siquiera llegar a posar la mochila, mirando hacia arriba. El humo expulsado por mis pulmones apenas era visible por la dispersión producida por el viento, que lo hacía desaparecer de inmediato. La proximidad hacía que el tamaño de la montaña se multiplicara… como lo hacen mis estúpidos miedos. Me sentí bien, creo, escuchando el silencio sólo perturbado por el sonido del viento entre los riscos y el griterío de algunas chovas.

Contra todo pronóstico para mí, me invadió una placentera sensación de paz, pero al tiempo notaba que mi sistema nervios,o aunque tímidamente por el momento, me impulsaba a huir de nuevo marcando en mi cerebro una y otra vez la frase:  “¿qué demonios haces aquí?”.  (Continuará)

Josua Laguneki

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